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domingo, 23 de enero de 2011

Acto 1

Como negar que en medio de esa obscenidad orgullosa de piel desnuda, entregada al desconsuelo de morir viviendo, encontré la fórmula para morir matando. Como negar que esos ojos fulgurantes de nostalgia, de mirada transparente como espejo de plata; me mostraron la cuerda del tic tac de un corazón marchito, compartido entre aromas de tabaco quemado, vino barato y piel frotada. Creí que te encontré (vaya que creí haberte encontrado) sin saber que la búsqueda no inicia apenas uno se da cuenta, sin saber que en ocasiones el buscado es uno, como los niños que buscan monstruos debajo de la cama, como las niñas que buscan padres en los sueños, como yo que corría de mi. No sabía que la búsqueda no inició, y llegaste, como golpe de suerte, y que es la suerte sino la cualidad de ignorar que le están dando a uno la limosna que está pidiendo. Me encontraste, porque el mar y el bosque se buscan, para darme lo que te falta mientras yo quería tenerlo todo. Ahora, con hipocresía mal disimulada, pretendo decirte que no tengo por qué extrañarte.


   Dijiste un día (lo recuerdas?) que una palabra era suficiente para romper el amor; tomo el cuchillo, arma sensual de filo y acero. No es que realmente disfrute esto, pero algo en ti no me permite parar. Ignorando promesas, como ignoramos una parte de nosotros al momento de prometer. Porque no trucas este llanto y esos gritos por tu risa, luminosa, perfecta como las variaciones de Goldberg que suenan claras, limpias y excitantes, igual que el costado del cuchillo cuando se abre paso por la piel. Porque no hacemos de este instante un instante de amor? 


    
    Dijiste que la evidencia era quien te guiaba, ahora no conozco más evidencia que las manos manchadas que mi lengua insiste en enjuagar. Ahora entiendo el estado del arte, brota a través del rojo que te pinta. 

    
   No es que disfrute de esto, no es que no quiera ya tu piel, suave, imitación de terciopelo, entregada al frotamiento de mi piel, imitación del desconsuelo. En cada momento me parece sentir que algo en ti no va morir del todo y es por eso que no logro detenerme. Hay caminos en los que no puedes volver y cuando se trata de apuñalar, tienes que hacerlo hasta que la sinfonía de la carne embrocada entre jugos de sangre, lágrimas y semen recalentado pide llegar al final. No es que verte llorar no me conmueva, no es que no vaya extrañarte, no es que el amor me sea ajeno. Algo en tus ojos siempre fue claro y suplicante, siempre me dijo: Mátame.


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